No llegué al Mambe buscándolo. El Mambe me encontró a mí.
Corría el segundo año de mis viajes sabáticos. Había dejado atrás una empresa, un título de empresario, una agenda llena de reuniones y una vida que se veía bien por fuera pero que por dentro no me llenaba. Viajaba en moto por Colombia, sin destino fijo, buscando algo que no sabía nombrar.
Fue en una comunidad de la Amazonía donde me senté por primera vez en un círculo de palabra. Hombres y mujeres mayores, sabedores, guardianes de un conocimiento que no está en los libros. Me ofrecieron el Mambe. Lo tomé con respeto, sin saber exactamente qué esperar.
Lo que sentí no fue euforia. Fue claridad.
Como si el ruido de años se hubiera apagado de golpe. Como si finalmente pudiera escucharme a mí mismo. Las preguntas que llevaba dando vueltas encontraron respuesta no porque alguien me las diera, sino porque en ese silencio interior, yo mismo pude verlas.
Esa noche escribí mis primeros versos.
El Mambe no me dio respuestas. Me dio presencia.
Y desde la presencia, todo cambió. Dejé de correr. Empecé a escuchar. Aprendí que la vida no se construye acumulando — se construye eligiendo. Eligiendo lo que amamos, lo que nos mueve, lo que queremos dejar en el mundo.
Hoy comparto el Mambe, el Ambil y el Chimú porque creo profundamente en su poder. No como moda, no como tendencia — sino como lo que son: medicinas ancestrales que han acompañado a los pueblos de esta tierra por siglos.
Y comparto mis poemas porque descubrí que las palabras también son medicina.
Si estás leyendo esto y sientes que algo en tu vida no encaja, que hay una voz adentro que pide otra cosa — escúschala. Siempre se puede volver a empezar. Yo soy prueba de eso.
Con amor y Mambe,
Santiago Restrepo — PLENA